El lobo

A todos nos ha pasado, alguna que otra vez hemos dejado que los problemas se autoalimenten solos, crezcan, lleguen a reproducirse y finalmente desaparezcan cuando uno ya tenía toda la solución armada y claro, te quedas con cara de que te han dejado a medias, sin demostrar toda tu valía y artimañas.Sin ir más lejos, la semana pasada se estaba incubando un problema en mi ámbito más cercano, era como una crónica de acontecimientos, dónde cada cierto tiempo el mismo problema te anunciaba su llegada y te preguntaba si estabas preparado. Algo tan absurdo como:<div class="featurebox_center">[Problema]- Que voy[Yo] – Si, ya te he vistoUnas horas después[Problema] – Pero que voy y me traigo a unos amigos[Yo] – Si, no seas pesado, que es imposible no verteAl día siguiente:[Problema] – ¿Pero tu me has visto lo que he engordado? y te voy a caer a plomo[Yo] – Vale, vale…</div>Era como una extraña relación de tele comedia, un capítulo de “Married with Children” dónde me sentía acomodado en mi viejo sillón, esperando la fatalidad de los acontecimientos.La incubación era finita, ya que tenía una fecha de explosión que coincidía con la semana santa, había procesiones en la tele y otra que se avecinaba sin remedio con uniforme de corbata, pero existía una ínfima posibilidad de que el problema, después de su despampanante publicidad, pasara de largo sin más historia que el estrés acumulado de sus observadores.Esa pasividad mostrada ante tal problema, no era otra que el reflejo de la concentración sobre lo que realmente importa. La desesperación de unos por ahogarme en el estrés, las carreras, las reuniones, los correos arriba y abajo, yo lo devolvía en forma de pasividad y de ingenuidad, una respuesta dónde no permitía que la propaganda amarillista me sobresaltara en las demás tareas que merecían atención.Mi calma era justificada. Dentro de mi responsabilidad había definido las tareas a realizar cuando me presentaron el problema. Sabía exactamente los pasos que tenía que realizar una vez que el rumor del problema se convirtiese en una realidad, pero hasta entonces no iba a ceder a las presiones externas que menospreciaban el resto de mi trabajo. No había previsto todas las posibilidades del problema, pero si las siguientes acciones a realizar (un máximo de tres para alcanzar el grado de mi responsabilidad). Previsión que todos cambiaban constantemente a medida que los pasos se escuchaban más cercanos.“¡Qué viene el lobo! ¡Qué viene el lobo!” decían todos los pastores mientras corrían arriba y abajo con correos. Sus acciones y sus caras eran el reflejo de las prisas, de las emociones a flor de piel. Yo mientras seguía vaciando mis tareas y avanzando en mí trabajo.Finalmente el problema llegó y con él un estrepitoso sonido irrumpió en algunos de mis compañeros. Se había formado una batalla paralela al problema, mientras el problema absorto los miraba desde fuera. Debatían como solucionarlo, que se podría hacer, se peleaban por las responsabilidades, por las carencias de sus previsiones. Tal fue la concentración en sus propios yo, que el problema al no sentirse el centro de atención, decidió minimizarse hasta convertirse en uno de esos rumores de baños de señoritas.Los pastores volvieron a estar tranquilos, felices por encontrar la solución al gran problema, cuando en realidad el problema nunca existió, si no que su propio ego los fue poco a poco alimentando, contagiando a los demás, hasta convertir la mentira dicha mil veces en pura realidad. Todo un esfuerzo de concentración, de trabajo, de estrés, de horas y carreras físicas por la oficina se convirtieron en la nada más absoluta.Ahí me quedé yo, como si me hubieran dado plantón en el baile de graduación, con mi lista de tareas siguientes que nunca se ejecutarían. Con el ego consumido por no poder demostrar mi mínimo (¿y efectivo?) esfuerzo, pues confiaba en mis tareas, confiaba en la visualización de lo que iba a realizar, confiaba en… no tener que perder más el tiempo en tonterías, archivar mi lista de tareas para un posible futuro y seguir realizando mi trabajo, sin dejarme someter por las presiones externas.Con esta experiencia fui partícipe del “Mind like water”, una reacción justa para un problema concreto. Sin sucumbir a los colaterales, centrándome en lo que se debe hacer en cada momento. Gracias a esta experiencia, me he dado cuenta de mi nueva reacción a los problemas, de todo lo que he aprendido leyendo vuestros blogs, del libro de GTD, de los hábitos que estoy creando en mi. Hábitos que te fortalecen como trabajador, como persona, como mente preparada para afrontar las cosas.El problema volverá, estoy convencido, para eso tengo mi lista bien guardada, pero hasta que no llegue no pienso dedicarle ni el más mínimo esfuerzo. Ahora lo que importa es seguir avanzando: recopilando, procesando, organizando, haciendo y revisando, el resto es sólo un estadio de esos cinco pasos.
Publicado el 20090415