El VERDADERO placer de olvidar
Somos animales recopiladores, procesamos con vehemencia las cosas que caen en nuestra bandeja de entrada y organizamos devorando las acciones para llegado el caso hacer hacer hacer hacer y hacer, robots adictos a la zona nos dopamos con ese sabroso estímulo que resulta evadirse del mundo y concentrarnos con la misma adrenalina que si estuviéramos decidiendo si cortamos el cable rojo o el cable azul a menos de cinco segundos de la explosión.Suponiendo que tenemos un sistema adecuado a nuestras necesidades, tenemos experiencia en el mundo de la productividad personal o al menos intentamos llevarlo a cabo, somos conscientes del valor de recopilar la información y de introducirla en nuestros sistemas para que realmente lleguemos a realizar algo con ella.Todo lo que entra en nuestro sistema se convierte en nuestra responsabilidad, en nuestra decisión y por ello nos autojuzgamos llegado el caso, incluso nos culpabilizamos si no lo realizamos de la forma que creemos que es la más “”perfecta””. Si, GTD nos convierte en responsables de nuestras acciones hasta límites en que somos expuestos públicamente. Esto puede ser motivo de orgullo, pero de la misma forma se convierte en nuestra propia perdición.Cuando una cosa cae en nuestro entorno, nuestro hábito animal nos impulsa a lanzarlo a la bandeja de entrada, provocando un pequeño respiro de alivio. Es como un acto reflejo visceral, donde apenas pensamos, simplemente lo dejamos ahí para que el proceso posterior sea el encargado de gestionarlo. Pero… antes de lanzarlo una vocecita interior nos interroga a modo de suculento pecado: ¿Realmente quieres dejarlo en la bandeja de entrada?Una pregunta complicada que muchas veces se responde de forma afirmativa en beneficio de la cosa, entrando en el ciclo de nuestro sistema. Pero existe otras cosas, que nunca llegan aterrizar en la bandeja y se pierden en el abismo de un agujero de gusano temporal que se crea en el camino de nuestra mano hasta la propia bandeja, por darle una explicación lógica. La cosa ha desaparecido misteriosamente de nuestra vida y nuestra vacía mente ya no recuerda lo que era.Este es el verdadero placer de olvidar. Vaciamos nuestra mente con todas las consecuencias que ello comporta. Somos decididores de lo que entra en nuestro sistema y con la misma premisa, de lo que no entra. Con el mismo poder de nuestra ética que llevamos a cabo las acciones, también las dejamos de hacer, sin llamarlo procrastinación, porque en verdad, esas cosas ya no existen.Este es un poder inmenso y continúa reflejando nuestra inquebrantable moral, tal vez hackeada por nosotros mismos, pero siguiendo fieles a nuestros principios de productividad. El sistema no se rompe, no se contamina, simplemente las cosas que no entran en él, nunca llegaran a formar parte de nuestra responsabilidad.Por eso, cuando somos recriminados por ello, cuando nos acusan directamente de no realizar las acciones de las cosas, con toda nuestra ética podemos excusarnos indicando que: ⚠ <b>a)⚠ </b> no se encuentra en nuestro sistema y por lo tanto no entra dentro de nuestra responsabilidad, o ⚠ <b>b)⚠ </b> como nunca fue apuntado no tienes constancia de ello. Eso siempre provoca una mirada fulminadora, pero y aquí viene los sorprendente, una aceptación de nuestra maldad, excusándonos por completo del pecado.Esta técnica, puede ser utilizada en repetidas ocasiones, incluso delante de la misma cosa o persona. El problema es que las personas aprenden y nos obligan a meter las cosas en el sistema delante de sus ojos. Aquí es donde entra nuestra negociación ante el “no”.Lo bueno de ser productivo es que puedes dejar de serlo igualmente siendo productivo.
Publicado el 20100310